
Llegamos a mi hotel, le dije que estaba cansada y que la noche anterior no había dormido bien. Pi me había calentado todo el día, me rozó una pierna, me miraba provocándome y cuando se comió el helado, cada lengüetazo lo sentía yo entre las piernas. Pero, como siempre nada concreto, nada directo, estaba furiosa y al mismo tiempo contenta de tenerla cerca, pero en ese instante en que llegamos al hotel y sentía los pies cansados y el hambre de sexo a tope, quería matarla… O me le iba yo encima o no sé qué pasaba, porque estaba hasta el copete del jueguito de esta calientapollas (calientacoños en este caso).
Me metí en la ducha maldiciendo que no entrara ella conmigo, la esperé los primeros minutos, pero terminé de bañarme y ella nunca entró. Al salir, segura de algo: no volvería a correr tras ella. Para mi sorpresa estaba en la habitación, ¿esperándome?
-Creí que te habías ido. le dije.
-Creí que aún querías mi compañía…
Me enfurecí, pero como es lo usual en mí, me contuve. tiré el albornoz en el piso y me dejé ver desnuda, caminé así por la habitación, fingiendo ignorarla, buscando ropa, cremas para el cabello. Pi me miraba, lo sé. Luego me detuve delante de ella y con las manos en la cintura la miré fijamente:
-Entonces?
Le cambió la expresión. Se abandonó, abandonó esa sonrrisita burlona. Se tendió en la cama con los ojos cerrados. Entonces comprendí que tendría que tomarla yo.
Me acerqué suavemente a ella, me conmovió verla en la cama, indefensa, con los ojos cerrados y el mentón tembloroso. Se estremeció cuando rocé una de sus mejillas con mis labios. Luego sus labios entre abiertos reclamaron los míos. La besé, nos besamos, nos fundimos en un beso profundo y descarado. Me llevó las manos a sus senos aún cubiertos por ropa, las metí debajo, prácticamente le arranqué el sujetador y mis manos pasearon sobre sus senos redondos de pezones duros. Pezones carnosos, café claro, areolas perfectas, suaves, deliciosas. Los contemplé un instante antes de darles los primeros lengüetazos, los lamí, los mordí y succioné con hambre, el hambre que había traído por ella desde casa.
Me comí su piel, la succioné toda, la mordía en algunas partes, Ella estaba sólo abandonada a mis impulsos, gozando de mi apetito casi caníbal. Mis dedos frotaban sus sexo cálido y totalmente húmedo, luego le hicieron lugar a mi lengua que llegó punzante y anhelante de su clítoris, de sus sabores, su perfume de hembra en celo.
Cuándo Pi se corrió exhausta y bañada en sudores y aromas el sol había teñido todo de naranja. Alejé mi sexo afiebrado del suyo. Por esa vez me contenté con el placer de darle placer. Mi sexo podía todavía esperar a su lengua. Aún creo que yo he sido su primera mujer…

